Dentro de seis meses  a las  seis de la tarde el día  16.

Partieron hacia  lados  opuestos, un inmenso mar los dividía, los tranvías seguían circulando, las provenzales calles  gastadas con sus adoquines inertes, aquella hoja volando caprichosa  tocando las puertas aun cerradas de aquel amanecer.

La plazoleta de aquella ciudad.

El parque con la anciana alimentando a las palomas.

Todo era digno de la mejor película de Wim Wenders o Éric Rohmer,  homenajeando a al Icono de la Nouvelle Vague que ha muerto.

Miraba por fuera de su ventana, hacia atrás todo el rato, por si el milagro de que apareciese  ahí ocurría.

Mucha  agua  debía correr bajo el puente, le dijo una mujer que leía el futuro en cartas de oro y madera, y vaya que  fue  así. Ese  invierno el añoso coloso que unía las dos grandes veredas que separa  el urbano río se destruyó por la gran inundación.

Una promesa con olor a futuro, una profecía que se mentalizaba  día a día para no olvidar uno de los que se había convertido en sus motores de vida.

Anuncios