E hicieron magia,

y detuvieron el tiempo.

La máquina usada, fue su corazón,
una que todos llevamos dentro y
que puede transportarnos  hacia coordenadas deseadas;
paralelos y meridianos que nos hacen sentir alegría infinita.
Ellos se transformaban en alquimistas,
cual leyenda,
fijaban puntos en el universo mirando estrellas milenarias,
fundiéndose y estallando en  su propio Big-Bang.
La Tierra los unía  con el Sol por el día y con
sus  cuerpos celestes por la  noche.
Bronceados por el mismo sol,
refrescados con el  mismo aire poluido de miradas.
Porque finalmente no hay tiempo,  lineal o circular
¿A quién le importa?

Noches mágicas