fran alma

Si tú me dices que hay un mar de distancia entre nosotros.

Que eso nos separa, que estás muerto. Que no quieres sufrir.

Me quedo en un eterno loading pensando cómo se puede crear si no se

puede sentir, cómo se puede dar una enorme y feroz carcajada sin

haber llorado a capela.

Cómo se rescata un alma a punto de pasar el túnel,

deja que sea esa inyección de atropina que te vuelva a incorporar

lo que desees.

Quizás lo dices porque crees que tus lágrimas están secas, porque tus

sollozos están en 16 Hz.

¿Sabes? lo lindo del sonido es que no es un objeto,

– es una sensación –

maquinada por el cerebro cuando percibe vibraciones en el aire.

Quizás tu medio circundante no ha percibido algunas sutilezas

que son en ti como la naturaleza de un Iceberg.

Puedo ser tu AntiDiffractus si quieres.

Suena raro, tal vez reflexionamos (en el sentido sonoro) demasiado,

quizás tanto a veces que mutamos a centrípetos

– pero sin egocentrismos –

nuestro propio material pensante

corpóreo absorbe todo; nada rebota;

nada debe ser rodeado ni traspasado,

encontramos comprensión en nosotros.

Como si recicláramos nuestras propias vivencias

y las emociones con ello.

Me gustan las estrellas, las nebulosas y las constelaciones

(cuando chica quería ser astronauta)

a veces me dicen que le hago de adulta honor a mi vocación,

que me lo paso volando en la luna.

No quiero que seas un espejo sonoro, un eco o una estrella…

una de esas señales originales

que se ha extinguido.

No reverberes, que es peor aún que lo anterior

porque aquí no cabe posibilidad al olvido.

Me gusta el Surrealismo, para los museos de calle o salón,

en páginas virtuales, de couché o roneo,

pero de calcio y carne no.

No te vuelvas como La persistencia de la memoria o

Los relojes blandos de Dalí.

Si crees que el mar separa

¿como crees que la gente llega de un continente a otro?.

Que sería de Marco Polo, Magallanes, Colón y Elián

sin las aguas que los transportarían.

Si los océanos de dudas son lo tuyo, quizás sólo debes saltar al vacío,

desde el filo del acantilado,

pero no de los de los de cemento de la ciudad,

sino del borde de dónde comienzan o terminan tus dilaciones.

Y una sensación nunca antes experimentada nacerá tras tu espalda

mientras te encumbras por las laderas de las dunas de arena.